Miré de reojo el reloj en el tablero, ¡se nos va a hacer tarde mientras sigan avanzando tan lento!, seguramente un accidente. He estado tarareando las canciones del estéreo sin poner atención a lo que discuten Jorge y Raúl. Y es que si no salimos pronto de este embotellamiento nos vamos a quedar sin presentar el examen final de ética y no es que me interese tanto pero es buena materia para mantener el promedio.
Ahora sí, ya no avanzamos, sigo tarareando a Molotov “Yofo zafa fofo, yofo zafa fofo Yofo zafa fofo alofo nofo cofo cofo Zafo” y ese silbidito que lo pone a uno de buen humor aunque esté uno atorado en este tráfico. Raúl me pide que le cambie de canción y es que ciertamente la he repetido desde que salimos del departamento, y yo les digo que se dejen de discutir.
Desde el asiento de atrás Jorge me dice que mire el retrovisor y me muestra la fotografía que el profesor nos presentó en clase, una foto que visto compositivamente es perfecta, en primer plano cerca de la esquina inferior derecha aparece la imagen de un niño desnudo, reclinado sobre sí mismo, con un cuerpo que demuestra el hambre acumulada: piernas y brazos delgados, vientre prominente y las marcas de las costillas y demás huesos que apenas si cubre una piel que se adivina seca. Casi al centro (pero no en el centro) de la fotografía un buitre observa al niño. Las alas recogidas, su ojo parece una cuenca vacía que anuncia la muerte y la espera paciente. La tierra seca y un fondo ilegible refuerzan la escena, si definitivamente una foto perfecta. “Fofo Yofo zafa fofo alofo nofo…”
En ese momento recordé que había olvidado estudiar el caso de la fotografía para la evaluación, aunque claro, si no avanzábamos pronto en esta fila no importaría en lo absoluto, el profesor no nos permitiría entrar tarde al examen.
La foto pertenecía a Kevin Carter un fotógrafo sudafricano que ganó el premio Pulitzer en 1994. Jorge nos muestra orgulloso su descubrimiento en una página de Internet, la carta póstuma de Carter: “depressed…without phone…money for rent…money for child support… Money for debts… Money!!!” -cada fin de quincena me siento como él bromea Raúl- Jorge no se amilana y nos lee en voz alta el final de la carta: “i am haunted by the vivid memories of killings & corpses & anger & pain… of starving or wounded children, of trigger-happy madmen, often police, of killer executioners… I have gone to join Ken if I am that lucky.” Terminando de escribir se suicidó con el gas del tubo de escape de su auto. Tenía 34 años de edad.
Los autos avanzan un poco y se puede vislumbrar el nudo del embotellamiento, un camión detenido que obliga a los conductores a cambiar de carril que a su vez se encuentra atestado.
Ahora nos muestra su segunda joya, una foto de Kevin Carter. Es en blanco y negro un hombre hincado sosteniendo una cámara analógica, pantalón de mezclilla, despeinado, con barba de tres días y una mirada que observa a quien lo registra en la película, una mirada temerosa, seguramente porque se encuentra en medio de un tiroteo como parece confirmarlo un hombre negro al fondo de la imagen agachado cubriéndose detrás de un gran bote, y en esa mirada se puede ver miedo sin duda. Curiosa habilidad de reconocer en los ojos las emociones humanas, como por ejemplo la mujer que conduce el auto que va junto a mí y que comienza a moverse lentamente para cambiarse a mi carril y que muestra en su mirada la preocupación del empleado que sabe que llegará tarde a checar su tarjeta y que posiblemente le descuenten el sueldo de ese día. “ Yofo zafa fofo, yofo zafa fofo Yofo zafa…”
Y trato de imaginar la mirada de un fotógrafo acostumbrado a ver la tragedia humana ¿Después de haber hecho esa foto se puede mirar como todos los días? Cómo se puede vivir después que los reporteros preguntan qué había hecho para ayudar al niño y él habría tenido que contestar un simple: nada, porque no había más que decir, pero posiblemente a partir de ese momento no volvió a mirar igual. ¿habría cambiado algo si hubiese rescatado a ese niño?
Pero como dice el maestro el hubiera no existe, hay que hacernos responsables de nuestros actos. Veo el reloj, ya no vamos a llegar a tiempo y si no presento el examen mi promedio va a bajar y mis padres se van a molestar y mis vacaciones planeadas en Cancún van a terminar en Veracruz.
Llegamos al sitio del conflicto, puedo ver algunas personas de pie rodeando algo que se encuentra frente al autobús, la mujer de al lado está tratando de meterse al carril, pero yo un poco desesperado le impido el paso, llegaremos tarde todos pero ella un poco más que yo. No puedo evitar detenerme ante el panorama: Una mujer hincada en el piso sostenida por un hombre y en el suelo un bulto cubierto por una chamarra, uno puede ver unos piecitos cubiertos con calcetas blancas y solamente uno de ellos con un zapato negro escolar. Por un momento la mujer voltea hacia el auto y nos miramos, sé lo que significa pero no encuentro palabras para describir esa fusión entre intensidad y frialdad, veo que abre la boca y emite un grito que queda apagado por el sonido de el claxon de la mujer que aunque sabe que llegará tarde a su trabajo se desespera de ver que no avanzo.
Se ha hecho un silencio en el coche aunque uno puede escuchar la canción de Molotov, en ese momento recuerdo el comentario del profesor con respecto a la fotografía, algunos interpretaron que el buitre era la imagen metafórica del fotógrafo, observando, dejando que la muerte cobrara su víctima ¿se puede vivir con eso, contemplando cómo el mundo se va a la basura?
_¡Qué bárbaro! Ya se nos hizo tarde a ver si el profesor nos deja entrar-comenta Raúl, mientras en las bocinas del estéreo se escucha “fofo Yofo zafa fofo alofo nofo cofo cofo Zafo…”